El debate sobre la calidad democratica frente al avance de los liderazgos ultrapersonalistas

La conducción del Estado y la vigencia de las normas institucionales se encuentran bajo debate a partir de interrogantes que trascienden el ámbito deportivo pero que se reflejan de manera contundente en él. La discusión central radica en cómo se concibe la administración del poder: si como un sistema de reglas estrictas y subordinación a la ley, o como una prerrogativa que ubica al gobernante por encima de las normas para acomodar los reglamentos a su propia conveniencia.

El telefonazo de Trump y la fragilidad institucional

El debate cobra fuerza a partir de un hecho concreto: la actitud de Trump de intervenir directamente ante la FIFA para solicitar que se anulara la expulsión de un jugador de Estados Unidos durante el Mundial. Este gesto ha sido calificado como un abuso de poder, mientras que la decisión del organismo de ceder ante la presión representa una muestra de debilidad y obsecuencia institucional. Aunque en el campo de juego la realidad se impuso con la derrota del equipo estadounidense frente a Bélgica por 4 a 1, la acción visibiliza una concepción ideológica donde el líder se posiciona por encima de los árbitros y los jueces.

Esta práctica de conjugar decisiones con intereses políticos y manipular fallos de forma acomodaticia también resuena en la Argentina, donde Claudio ‘Chiqui’ Tapia podría identificarse con los manejos de la FIFA. La situación plantea serias dudas sobre la salud democrática global: si un líder se niega a aceptar una tarjeta roja para su equipo de fútbol, se abren justificados interrogantes sobre si estará dispuesto a aceptar una derrota electoral o las consecuencias de un juicio político.

El modelo de los liderazgos ultrapersonalistas

Lejos de ser un hecho aislado, el estilo de conducción del mandatario norteamericano parece consolidarse como un modelo de exportación que cuenta con un club de admiradores al que se ha sumado el presidente Milei. Este tipo de liderazgos se caracteriza por su carácter ultrapersonalista, la pretensión de poseer verdades absolutas, la exigencia de subordinación y un marcado desprecio por la complejidad, dividiendo el escenario político entre buenos y malos.

Bajo esta perspectiva, la moderación es interpretada como tibieza y cualquier disidencia es vista como una afrenta intolerable. De este modo, los límites y la racionalidad institucional quedan sometidos a un constante cuestionamiento por parte de gobernantes que buscan administrar los destinos de sus países sin someterse a controles externos.

Contrapesos y la defensa de las reglas de juego

Frente al avance de estos modelos atropelladores, emergen posturas que reivindican el multilateralismo, la independencia de poderes y los contrapesos institucionales. Un ejemplo de este contraste fue el discurso pronunciado por el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el foro de Davos, donde se plantó con firmeza y elegancia frente a las presiones de la Casa Blanca, demostrando que la firmeza de ideas no requiere de la agresión formal.

Asimismo, diversos líderes europeos, entre los que destaca Macron, marcan una clara distancia frente a la prepotencia de Trump. En el plano de las organizaciones no gubernamentales, la UEFA también se diferenció de la conducción de la FIFA, presidida por Gianni Infantino, al emitir un comunicado donde advierte que cuando la certeza de las reglas no está garantizada por sus guardianes, se pone en riesgo la integridad y credibilidad del juego. Esta premisa resulta de directa aplicación a los sistemas democráticos cuando las normas se tuercen bajo presión política.

La lección de la historia: la prudencia como valor

Frente a la tendencia contemporánea de considerar la prudencia como un signo de debilidad y las reglas como un obstáculo a remover, la historia ofrece lecciones alternativas. En los monumentos y palacios de la familia Medici en Florencia, gobernantes del Renacimiento, se repite el símbolo de una vela al viento sobre el caparazón de una tortuga, acompañado por la frase en latín ‘festina lente’ (‘apresúrate despacio’).

Esta filosofía, promovida por Cosimo de Medici, proponía la combinación de la decisión rápida con la acción pausada y prudente. En tiempos donde los liderazgos buscan gobernar prescindiendo de los árbitros, este antiguo emblema representa un recordatorio de los riesgos que corren las sociedades cuando se desprecian las garantías y salvaguardas del sistema institucional.

Foto: La Nación. Fuente original: La Nación.